La
traumatóloga Inés Moreno Sánchez
(Granada 1987) es la autora de << Homo
imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de evolución>> y es una de las voces de referencia en
divulgación científica con su perfil @latraumatologageek
en el que reúne a cientos de miles de seguidores por su estilo accesible y
divertido. Estudió Telecomunicaciones, antes de convertirse en médica, lo que
le permite aplicar la física y la biología evolutiva para explicar cómo
funciona el cuerpo humano.
Las dos
pinceladas que te extraigo de este libro tan divulgativo y divertido son:
1. EL PORQUÉ DEL PORQUÉ
2. LA GUERRA DE LOS PIES
OLVIDADOS
EL PORQUÉ DEL PORQUÉ
En
la introducción del libro, Inés nos explica el propósito de su
libro y de cómo la curiosidad y el
conocimiento pueden ayudar al lector a tener una buena salud:
“Esto no es un libro de medicina al uso. Es la
historia de cómo llegaste hasta aquí, de los accidentes evolutivos que te
hicieron humano y de las decisiones desesperadas que tomaron tus ancestros
cuando la alternativa era la extinción.
Mi
propósito con este libro —y con todo lo que hago como La traumatóloga Geek— es
precisamente ese: darle respuesta al niño curioso que llevamos dentro. Hablar
de medicina, sí, pero también de evolución, de cultura, de amor y de miedo. De
huesos que se adaptan, ideas que se rompen y milagros que huelen a ciencia.
Pido
disculpas de antemano: soy médica… y un poco ingeniera. No historiadora, ni
antropóloga, ni bióloga evolutiva. Pero bebo de fuentes que admiro
profundamente: Jared Diamond, Marvin Harris, Juan Luís Arsuaga, Juan José
Millas, José Miguel Mulet, Jürgen Thorwald, Noah Harari, Siddartha Mukherjee… y
otros que seguro olvido mencionar. He hecho todo lo posible por evitar errores,
aunque alguno se habrá escapado. Como cuando en redes dije
<<maraña>> en vez de <<plexo>> y me llovieron
neurólogos indignados. A veces simplifico, lo sé. Pero prefiero que me
entiendas con una sonrisa a que cierres el libro con cara de Wikipedia.
Vas
a saber más de tu cuerpo que la mayoría de la población. Y con ese
conocimiento, dejarás de caer en trampas, de hacerte daño sin querer y de
sabotear años de selección natural porque alguien en Internet dijo que era
ancestral. Lee esto y conviértete en alguien que entiende la máquina que
habita. O no lo leas y sigue viviendo en la ignorancia más cómoda.
Vivimos
una época privilegiada. Los antibióticos tienen menos de un siglo, los
antidiabéticos orales ni eso. Mi especialidad, la traumatología, apenas cuenta
con unos pocos siglos, y las prótesis —esas joyas del siglo XX— nacieron hace
dos telediarios. Hoy damos por sentado lo que hace nada era impensable. Y eso
merece un poco de gratitud, y mucha perspectiva.
Este
libro es mi manera de decir gracias. A los hombres y mujeres que se jugaron la
vida por entender la nuestra. A la evolución, que con sus torpezas y
genialidades nos trajo hasta aquí.
Y
a ti, que sigues teniendo curiosidad, qué preguntas, que quieres saber por qué…
y el porqué del porqué. Estás a punto de leer el resultado de muchos meses de
trabajo y años de lectura. Pero, sobre
todo, estás frente a un sueño cumplido: el de una traumatóloga que quiso contar
historias y acabó descubriendo que la curiosidad también cura. Con rigor, humor
y con mucho cariño”.
Moreno, I.
(2026): <<Homo imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de
evolución>> (pp. 13 y 14). Espasa.
LA GUERRA DE LOS PIES OLVIDADOS
En ese
capítulo que selecciono, Inés compara la historia pasada de Thomas, un soldado
del frente Somme de la primera guerra mundial que sufrió el mal del <<pie
de trinchera>> con Antonio, un taxista que atendió en la consulta de
urgencias:
“Entra un
hombre de cincuenta y ocho años. Viene solo, cojea ligeramente, lleva una
sandalia en el pie izquierdo y el zapato en el derecho. Se llama Antonio. Es
taxista. Diabético tipo 2 desde hace doce años, mal controlado porque <<los
médicos siempre exageran>>.
—Doctora,
es una tontería. Un roce del zapato. Lleva un mes y no se cura. Mi mujer dice
que venga, pero yo creo que es una exageración.
Le
pido que se quite el calcetín.
El
olor llega antes que la imagen. Dulce, pútrido, inconfundible. Una mezcla de
azúcar caramelizado y carne podrida que ningún ambientador puede disfrazar. He
olido esto cientos de veces. Sé exactamente qué voy a encontrar.
Retiro
el calcetín con cuidado. La piel del pie está macerada, blanquecina en algunas
zonas, violácea en otras. En el dedo gordo hay una úlcera profunda, del tamaño
de una moneda de dos euros. Los bordes son necróticos. El hueso se ve en el
fondo.
— ¿Le
duele?
—No mucho.
Es raro, ¿no? Tiene mala pinta, pero no duele.
Ahí está
el problema. No duele
Toco el
pie con un monofilamento. Es una hebra de nailon que ejerce diez gramos de
presión. Si lo sientes, tus nervios funcionan. Si no… Antonio no siente nada.
Ni en el dedo gordo, ni en el segundo, ni en el tercero. Apoyo el monofilamento
en la planta del pie con más fuerza. Nada. Es como tocar a un muerto.
—Antonio,
¿cuándo fue la última vez que se miró los pies?
Se encoge
de hombros.
—No sé. No
tengo costumbre.
— ¿Cada
cuanto se mira la cara en el espejo?
—Pues…
todos los días, supongo.
—Pero los pies no.
—No
Miro a
Antonio y veo a Thomas. Cien años de distancia con el mismo enemigo. En 1916, miles
de soldados perdieron los dedos de los pies en las trincheras. No por balas,
sino por no sentir que sus pies se estaban pudriendo hasta que era demasiado
tarde. No está en una trinchera, pero su cuerpo libera la misma guerra.
[…]
Le explico
todo esto a Antonio. Que necesitamos ingresarlo. Que la úlcera es profunda, que
el hueso está expuesto, hay osteomielitis. Que vamos a intentar salvar el dedo,
pero que es probable que tengamos que amputar.
—Pero si
no me duele —repite, como si el dolor fuera la única medida válida del daño.
—Justo por
eso. Porque no duele. El cuerpo debería estar gritando. Pero los nervios están
muertos, Antonio. La diabetes los mató.
La
diabetes ataca los nervios igual que el barro atacó a Thomas: lentamente, sin
testigos, hasta que es tarde. La glucosa carameliza las proteínas nerviosas
mientras estrecha los vasos que las alimentan. Doble asesinato: los quema desde
adentro y los asfixia desde fuera. Los nervios más largos caen primero. Por eso
empiezan los pies.
Y hay algo
más.
— ¿Ve esta
zona de aquí? —Le señalo la planta del pie— Aquí hay una red de venas. Se llama
suela venosa de Lejars. Es como un corazón extra en cada pie. Cada vez que
pisa, comprime esas venas y expulsa la sangre hacia arriba, venciendo la
gravedad. Sin eso, la sangre se estanca. Y sin sangre fresca, las heridas no
curan.
— ¿Y qué
tiene que ver eso conmigo?
—Que la
diabetes destruye esas venas también. Las endurece. Las calcifica. Un diabético
necesita presiones de 90-120 mmHg para vaciar ese plexo venoso, cuando una
persona sana lo consigue con 60 mmHg. Sus venas son como tuberías oxidadas. No
fluyen. Y sin flujo, no hay curación.
Doble
asesinato perfecto: pierdes la sensibilidad para sentir el daño y pierdes la
bomba venosa para repararlo. El enemigo ataca por dos flancos a la vez.
Antonio
mira su pie como si lo viera por primera vez.
[…]
Consulta
de revisión, tres meses después. Antonio entra cojeando. Lleva una ortesis
especial que diseñamos para redistribuir la carga del pie. Se ha comprado un
glucómetro y lo usa tres veces al día. Ha perdido ocho kilos. Las cifras de
glucosa están bajo control por primera vez en una década.
—
¿Cómo van los pies?
—Miro.
Todos los días. Como usted dijo. Los miro como me miro la cara.
Me
enseña el pie operado. La cicatriz está limpia, rosada, bien cerrada. No hay
signos de infección. El muñón está perfectamente integrado. Es una buena
cirugía. Pero sigue siendo una amputación.
—
¿Le duele?
—A
veces. Por las noches. Como si los dedos que no están se quejaran.
Dolor
fantasma. El cerebro buscando señales en cables que ya no existen
—
¿Y el otro pie?
Se
quita el zapato. Me enseña las plantas. Limpias. Secas. Sin úlceras nuevas.
Pero la piel sigue teniendo esa textura rara de la neuropatía avanzada. Zonas
brillantes donde la sudoración ya no funciona. Callosidades en puntos de
presión anómalos.
—
¿Voy a tener dolor siempre?
Podría
mentirle…
—Probablemente
sí. El daño nervioso es permanente. Pero si controla el azúcar, si mira los
pies todos los días, si usa calzado adecuado… puede evitar que sea peor. Puede
evitar perder el otro pie. O la pierna.
—
¿Y si no lo hago?
—Entonces
acabará como los soldados que no llegaron a casa.
Se
queda callado un momento. Luego dice algo que me sorprende.
—Busqué
en internet pie de trinchera. Vi fotos. Parecían mis pies.
—Lo
eran. Son la misma lesión. Solo que a usted se la causó el azúcar y a ellos, el
barro.
[…]
Hoy cada
treinta segundos alguien pierde una extremidad por diabetes. Más amputaciones
que en toda la Primera Guerra Mundial, pero invisibles, olvidadas. Tampoco sale
en las noticias. Antonio sigue vivo. Dos dedos menos. Una lección aprendida
tarde. Thomas murió con los pies ardiendo cada invierno durante cuarenta y ocho
años.
Vivimos
obsesionados con el rostro perfecto. Nos ponemos cremas antiarrugas y
tratamientos de belleza que cuestan un riñón. Pero mientras tanto, nuestros
pies envejecen en silencio. Nadie se mira los pies como se mira la cara. Nadie
se pregunta si la piel está bien, si la sensibilidad es normal, si hay heridas
pequeñas que podrían ser el principio de algo peor.
Y así es como la guerra se pierde: en silencio, mientras miramos hacia otro lado. Mira los pies como te miras la cara. Todos los días. Busca heridas, cambios de color, zonas de piel rara. Si eres diabético, hazte el test del monofilamento cada año. Si notas cosquilleo, ardor o anestesia en los dedos, no esperes. Si tienes una herida que no cura en dos semanas, no es normal.
Los pies son el centinela olvidado de tu salud. Cuando dejan de hablar, el cuerpo empieza a morir. Thomas lo aprendió en las trincheras del Somme. Antonio lo aprendió en urgencias. Y tú puedes aprenderlo ahora>>.
Moreno, I.
(2026): <<Homo imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de
evolución>> (pp. 35, 36, 44, 45, 48 y 49). Espasa.
Además
de este capítulo, Hay otras nueve en los que habla de la leche, el trigo, la
patata, la sal, la vitamina D, el parto, el hombre como ser social y el incesto, entre
otros temas. La mayoría de las historias, estudios y casos que cuenta te van a
sorprender por lo curiosos que son y por las enseñanzas actuales que saca de
ellas.
Con mucho
cariño.
Paulino


