jueves, 4 de junio de 2026

Homo imperfectus

La traumatóloga Inés Moreno Sánchez (Granada 1987) es la autora de << Homo imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de evolución>>  y es una de las voces de referencia en divulgación científica con su perfil @latraumatologageek en el que reúne a cientos de miles de seguidores por su estilo accesible y divertido. Estudió Telecomunicaciones, antes de convertirse en médica, lo que le permite aplicar la física y la biología evolutiva para explicar cómo funciona el cuerpo humano.

Las dos pinceladas que te extraigo de este libro tan divulgativo y divertido son:

                1. EL PORQUÉ DEL PORQUÉ

                2. LA GUERRA DE LOS PIES OLVIDADOS

EL PORQUÉ DEL PORQUÉ

            En  la introducción del libro, Inés nos explica el propósito de su libro  y de cómo la curiosidad y el conocimiento pueden ayudar al lector a tener una buena salud:

 “Esto no es un libro de medicina al uso. Es la historia de cómo llegaste hasta aquí, de los accidentes evolutivos que te hicieron humano y de las decisiones desesperadas que tomaron tus ancestros cuando la alternativa era la extinción.

Mi propósito con este libro —y con todo lo que hago como La traumatóloga Geek— es precisamente ese: darle respuesta al niño curioso que llevamos dentro. Hablar de medicina, sí, pero también de evolución, de cultura, de amor y de miedo. De huesos que se adaptan, ideas que se rompen y milagros que huelen a ciencia.

                Pido disculpas de antemano: soy médica… y un poco ingeniera. No historiadora, ni antropóloga, ni bióloga evolutiva. Pero bebo de fuentes que admiro profundamente: Jared Diamond, Marvin Harris, Juan Luís Arsuaga, Juan José Millas, José Miguel Mulet, Jürgen Thorwald, Noah Harari, Siddartha Mukherjee… y otros que seguro olvido mencionar. He hecho todo lo posible por evitar errores, aunque alguno se habrá escapado. Como cuando en redes dije <<maraña>> en vez de <<plexo>> y me llovieron neurólogos indignados. A veces simplifico, lo sé. Pero prefiero que me entiendas con una sonrisa a que cierres el libro con cara de Wikipedia.

                Vas a saber más de tu cuerpo que la mayoría de la población. Y con ese conocimiento, dejarás de caer en trampas, de hacerte daño sin querer y de sabotear años de selección natural porque alguien en Internet dijo que era ancestral. Lee esto y conviértete en alguien que entiende la máquina que habita. O no lo leas y sigue viviendo en la ignorancia más cómoda.

                Vivimos una época privilegiada. Los antibióticos tienen menos de un siglo, los antidiabéticos orales ni eso. Mi especialidad, la traumatología, apenas cuenta con unos pocos siglos, y las prótesis —esas joyas del siglo XX— nacieron hace dos telediarios. Hoy damos por sentado lo que hace nada era impensable. Y eso merece un poco de gratitud, y mucha perspectiva.

                Este libro es mi manera de decir gracias. A los hombres y mujeres que se jugaron la vida por entender la nuestra. A la evolución, que con sus torpezas y genialidades nos trajo hasta aquí.

                Y a ti, que sigues teniendo curiosidad, qué preguntas, que quieres saber por qué… y el porqué del porqué. Estás a punto de leer el resultado de muchos meses de trabajo y años de lectura. Pero, sobre todo, estás frente a un sueño cumplido: el de una traumatóloga que quiso contar historias y acabó descubriendo que la curiosidad también cura. Con rigor, humor y con mucho cariño”.

Moreno, I. (2026): <<Homo imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de evolución>> (pp. 13 y 14). Espasa.

LA GUERRA DE LOS PIES OLVIDADOS 

En ese capítulo que selecciono, Inés compara la historia pasada de Thomas, un soldado del frente Somme de la primera guerra mundial que sufrió el mal del <<pie de trinchera>> con Antonio, un taxista que atendió en la consulta de urgencias:

“Entra un hombre de cincuenta y ocho años. Viene solo, cojea ligeramente, lleva una sandalia en el pie izquierdo y el zapato en el derecho. Se llama Antonio. Es taxista. Diabético tipo 2 desde hace doce años, mal controlado porque <<los médicos siempre exageran>>.

—Doctora, es una tontería. Un roce del zapato. Lleva un mes y no se cura. Mi mujer dice que venga, pero yo creo que es una exageración.

           Le pido que se quite el calcetín.

           El olor llega antes que la imagen. Dulce, pútrido, inconfundible. Una mezcla de azúcar caramelizado y carne podrida que ningún ambientador puede disfrazar. He olido esto cientos de veces. Sé exactamente qué voy a encontrar.

           Retiro el calcetín con cuidado. La piel del pie está macerada, blanquecina en algunas zonas, violácea en otras. En el dedo gordo hay una úlcera profunda, del tamaño de una moneda de dos euros. Los bordes son necróticos. El hueso se ve en el fondo.

— ¿Le duele?

—No mucho. Es raro, ¿no? Tiene mala pinta, pero no duele.

Ahí está el problema. No duele

Toco el pie con un monofilamento. Es una hebra de nailon que ejerce diez gramos de presión. Si lo sientes, tus nervios funcionan. Si no… Antonio no siente nada. Ni en el dedo gordo, ni en el segundo, ni en el tercero. Apoyo el monofilamento en la planta del pie con más fuerza. Nada. Es como tocar a un muerto.

—Antonio, ¿cuándo fue la última vez que se miró los pies?

Se encoge de hombros.

—No sé. No tengo costumbre.

— ¿Cada cuanto se mira la cara en el espejo?

—Pues… todos los días, supongo.

—Pero los pies no.

—No

Miro a Antonio y veo a Thomas. Cien años de distancia con el mismo enemigo. En 1916, miles de soldados perdieron los dedos de los pies en las trincheras. No por balas, sino por no sentir que sus pies se estaban pudriendo hasta que era demasiado tarde. No está en una trinchera, pero su cuerpo libera la misma guerra.

[…]

Le explico todo esto a Antonio. Que necesitamos ingresarlo. Que la úlcera es profunda, que el hueso está expuesto, hay osteomielitis. Que vamos a intentar salvar el dedo, pero que es probable que tengamos que amputar.

—Pero si no me duele —repite, como si el dolor fuera la única medida válida del daño.

—Justo por eso. Porque no duele. El cuerpo debería estar gritando. Pero los nervios están muertos, Antonio. La diabetes los mató.

La diabetes ataca los nervios igual que el barro atacó a Thomas: lentamente, sin testigos, hasta que es tarde. La glucosa carameliza las proteínas nerviosas mientras estrecha los vasos que las alimentan. Doble asesinato: los quema desde adentro y los asfixia desde fuera. Los nervios más largos caen primero. Por eso empiezan los pies.

Y hay algo más.

— ¿Ve esta zona de aquí? —Le señalo la planta del pie— Aquí hay una red de venas. Se llama suela venosa de Lejars. Es como un corazón extra en cada pie. Cada vez que pisa, comprime esas venas y expulsa la sangre hacia arriba, venciendo la gravedad. Sin eso, la sangre se estanca. Y sin sangre fresca, las heridas no curan.

— ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Que la diabetes destruye esas venas también. Las endurece. Las calcifica. Un diabético necesita presiones de 90-120 mmHg para vaciar ese plexo venoso, cuando una persona sana lo consigue con 60 mmHg. Sus venas son como tuberías oxidadas. No fluyen. Y sin flujo, no hay curación.

Doble asesinato perfecto: pierdes la sensibilidad para sentir el daño y pierdes la bomba venosa para repararlo. El enemigo ataca por dos flancos a la vez.

Antonio mira su pie como si lo viera por primera vez.

[…]

           Consulta de revisión, tres meses después. Antonio entra cojeando. Lleva una ortesis especial que diseñamos para redistribuir la carga del pie. Se ha comprado un glucómetro y lo usa tres veces al día. Ha perdido ocho kilos. Las cifras de glucosa están bajo control por primera vez en una década.

             — ¿Cómo van los pies?

             —Miro. Todos los días. Como usted dijo. Los miro como me miro la cara.

             Me enseña el pie operado. La cicatriz está limpia, rosada, bien cerrada. No hay signos de infección. El muñón está perfectamente integrado. Es una buena cirugía. Pero sigue siendo una amputación.

              — ¿Le duele?

              —A veces. Por las noches. Como si los dedos que no están se quejaran.

              Dolor fantasma. El cerebro buscando señales en cables que ya no existen

              — ¿Y el otro pie?

              Se quita el zapato. Me enseña las plantas. Limpias. Secas. Sin úlceras nuevas. Pero la piel sigue teniendo esa textura rara de la neuropatía avanzada. Zonas brillantes donde la sudoración ya no funciona. Callosidades en puntos de presión anómalos.

             — ¿Voy a tener dolor siempre?

             Podría mentirle…

            —Probablemente sí. El daño nervioso es permanente. Pero si controla el azúcar, si mira los pies todos los días, si usa calzado adecuado… puede evitar que sea peor. Puede evitar perder el otro pie. O la pierna.

             — ¿Y si no lo hago?

             —Entonces acabará como los soldados que no llegaron a casa.

            Se queda callado un momento. Luego dice algo que me sorprende.

             —Busqué en internet pie de trinchera. Vi fotos. Parecían mis pies.

            —Lo eran. Son la misma lesión. Solo que a usted se la causó el azúcar y a ellos, el barro.

[…]

Hoy cada treinta segundos alguien pierde una extremidad por diabetes. Más amputaciones que en toda la Primera Guerra Mundial, pero invisibles, olvidadas. Tampoco sale en las noticias. Antonio sigue vivo. Dos dedos menos. Una lección aprendida tarde. Thomas murió con los pies ardiendo cada invierno durante cuarenta y ocho años.

          Vivimos obsesionados con el rostro perfecto. Nos ponemos cremas antiarrugas y tratamientos de belleza que cuestan un riñón. Pero mientras tanto, nuestros pies envejecen en silencio. Nadie se mira los pies como se mira la cara. Nadie se pregunta si la piel está bien, si la sensibilidad es normal, si hay heridas pequeñas que podrían ser el principio de algo peor.

          Y así es como la guerra se pierde: en silencio, mientras miramos hacia otro lado. Mira los pies como te miras la cara. Todos los días. Busca heridas, cambios de color, zonas de piel rara. Si eres diabético, hazte el test del monofilamento cada año. Si notas cosquilleo, ardor o anestesia en los dedos, no esperes. Si tienes una herida que no cura en dos semanas, no es normal.

        Los pies son el centinela olvidado de tu salud. Cuando dejan de hablar, el cuerpo empieza a morir. Thomas lo aprendió en las trincheras del Somme. Antonio lo aprendió en urgencias. Y tú puedes aprenderlo ahora>>.

Moreno, I. (2026): <<Homo imperfectus. Cómo hemos saboteado millones de años de evolución>> (pp. 35, 36, 44, 45, 48 y 49). Espasa.

         Además de este capítulo, Hay otras nueve en los que habla de la leche, el trigo, la patata, la sal, la vitamina D, el parto, el hombre como ser social y el incesto, entre otros temas. La mayoría de las historias, estudios y casos que cuenta te van a sorprender por lo curiosos que son y por las enseñanzas actuales que saca de ellas.

Con mucho cariño.

Paulino

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