lunes, 9 de marzo de 2026

Las palabras de la bestia hermosa

El Dr. Lahera acaba de publicar: <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> en Ediciones Debate y esta es la reseña biográfica que aparece en su libro:

<<Guillermo Lahera Forteza (https://www.instagram.com/guillermolaherapsiq/) ( Madrid, 1976) es profesor titular de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá y jefe de sección en el Hospital Universitario Príncipe de Asturias. Es doctor en Medicina con Premio Extraordinario y ha publicado, en numerosas revistas internacionales, más de un centenar de artículos sobre las emociones, la cognición social y los trastornos mentales. Es editor jefe de The European Journal of Psychiatry y colaborador habitual de El País>>

Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (solapa interior de la portada). Debate.

El Dr. Lahera da la voz y la palabra a siete de sus pacientes, los que con sus relatos nos aproximan al conocimiento de diferentes trastornos mentales graves como la psicosis, la personalidad paranoide, el trastorno bipolar, la depresión grave… y otros trastornos menos graves que configuran la vida de estas personas y sus entornos familiares y sociales.

Los cuatro temas que desarrollo espero que te ayuden a conocer la obra del Dr. Lahera y a despertar tu curiosidad sobre las enfermedades mentales y su afrontamiento:

1. El Dr. Lahera persigue dos intenciones con la publicación de su libro.

2. El caso clínico que más me emocionó fue el de su padre.

3. El modelo psiquiátrico propuesto por el Dr. Lahera.

4. Conoce el relato de cada paciente dentro de su entorno social.

1. El Dr. Lahera persigue dos intenciones con la publicación de su libro

Bajo este primer título se enuncian los diferentes aspectos que se tratan en esta obra:

 <<El trato constante con personas que sufren trastornos mentales ha constituido para mí un profundo aprendizaje acerca de la vida. Mi intención con este libro, por tanto, es doble: primero, relatar lo que pasa en una consulta de psiquiatría, descubrir la riqueza de los síndromes clínicos, ilustrarlos con casos reales que he podido tratar directamente, corregir el bulo de que todos los psiquiatras nos limitamos a escuchar como pasmarotes y a dar pastillas (¡qué desastre!), reflexionar en voz alta acerca del devenir histórico de nuestra curiosa especialidad médica. También contar cómo son las palabras que utilizan las personas que están en ese límite, el del sufrimiento psíquico causado por un trastorno mental. Las palabras para expresar lo inefable, la última vida del lenguaje… Pienso además que la divulgación de los conceptos de psiquiatría puede tener un efecto preventivo, para detectar tempranamente signos de alarma, identificar factores de riesgo y de protección, comprender y, especialmente, empatizar más con las personas afectadas.

[…]

Los casos clínicos no son exhaustivos ni una demostración canónica de cómo deben ser tratados los pacientes con trastornos mentales (aclaremos de entrada que el subtítulo del libro, Manual de psiquiatría, es irónico); son más bien pinceladas narrativas de unas vidas cargadas de emoción y sufrimiento, a las que simplemente traté de ayudar.

                En segundo lugar, he querido aproximarme a la mente humana a través de la enfermedad mental. Clarum per obscurius, <<la claridad a través de la oscuridad>>. Cuántas veces me he quedado anonadado ante alguna respuesta de un paciente y he pensado: <<He aquí el quid de la cuestión>> —la memoria autobiográfica, la búsqueda de sentido, la necesidad de vínculos, el amor…—. Abordaremos a veces las anomalías del cableado cerebral que subyacen a algunos de estos trastornos y, en otras ocasiones, hablaremos de la importancia de los factores familiares y sociales. Va a ser inevitable asumir la complejidad de la mente humana y huir de reduccionismos>>.

Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (pp. 19 y 20). Debate.

2. El caso clínico que más me emocionó fue el de su padre

El título de cada capítulo corresponde al caso clínico que desarrolla y el del capítulo siete es: <<Jesús, el profesor de Física>>, resultando ser sobre su padre, donde nos cuenta su trastorno y su relato más personal. Lo que más me llamó la atención de este capítulo son las diversas hipótesis que el doctor construye buscando el origen del trastorno de su padre y, que es algo, que pienso que hacemos todos cuando nos enfrentamos a los trastornos mentales:

 <<Durante la grave depresión de mi padre asistí a una reorganización familiar a mi alrededor. Mi querido hermano, ya un prometedor jurista, se fue a cursar una beca en Francia y, cuando volvió, seis meses después, creyó que no había pasado nada. Mi madre, también profesora de Física, previamente investigadora del CSIC, era —y es— una persona brillante, luminosa. Aún ahora, a los ochenta y siete años, nos aporta luz a los demás: una razón poderosa, fe en el sentido de la vida, confianza en lo mejor que puede sacar de sí una persona. Eso sí, es muy exigente consigo misma, con los demás y con la vida en general; descarta a su alrededor la posibilidad de la vulgaridad o la bajeza (aunque sea algo que no explicita). No expresa el sufrimiento a través del lamento —porque nunca pierde la esperanza— y eso puede inducir al error de creer que no sufre. Mi padre se había enamorado en su día de esa luz tan potente que deslumbraba y que provenía de una isla del Mediterráneo. Descendía de una destacada estirpe de chuetas, judíos conversos mallorquines, y de catalanes, y era muy guapa (sé que parezca que tenga complejo de Edipo, pero existen documentos que acreditan esta afirmación). Maravillosa para tantas cosas, quizá le resultó demasiado ajeno lo que era una depresión. Habituada a la esperanza, no pareció entender la desesperación. Se oían los sollozos en la habitación y me decía: <<Este padre tuyo, que ahora está así…>>. La apariencia de esa fortaleza invulnerable escondía un lacerante desconcierto. Y mi hermana Ana, profesora de Literatura, parecía desvastada por la misma depresión de mi padre, como en un espejo. Sufriendo lo que él sufría, acaso anticipando que si no se curaba pronto, ella podría enfermar también. Mi padre era un pilar demasiado central para ella, una columna maestra, como se dice, sin la cual corría el riesgo de desmoronarse. Entonces todos me miraron a mí, estudiante de Medicina, psiquiatra en ciernes pero muy peliculero, y tragué saliva e hice lo que pude, inundado por la congoja (que aún me dura).

                El psiquiatra que salvó a mi padre se llamaba doctor Campoy y, sin conocerlo, se incorporó a nuestro íntimo círculo familiar.

[…]

        ¿Por qué vino la depresión de mi padre? ¿Y por qué se fue? Jesús había nacido en un pequeño pueblo de Teruel, su padre era maestro de escuela y su madre pertenecía a los <<riquitos>> del pueblo, que en realidad eran bastante pobres. La Guerra Civil hizo bastante estropicio: dos hermanos del maestro fueron fusilados por el bando nacional, por estar afiliados a un sindicato; un hermano de la madre tuvo que huir campo a través, perseguido por los milicianos anarquistas que habían ganado el pueblo y querían darle el paseo; la iglesia donde Jesús había sido bautizado fue quemada y su inconveniente nombre religioso fue sustituido en el registro por <<Stalin>> (anécdota increíble pero real); un tío socialista fue asesinado por los comunistas por no ser suficientemente de izquierdas. De esa santa guerra española, la familia Lahera Claramonte salió traumatizada, como es lógico, igual que el resto del país. Malvivieron durante la posguerra y en los años cincuenta emigraron a Castellón, entonces una ciudad en desordenada construcción. En una noche mil veces rememorada, el niño Jesusín y su hermana Lola, tras cruzar en carromatos la sierra de Morella, llegaron a las grandes avenidas de Castellón (Burriana, Herrero, Ronda de Millares) y se perdieron. Durante un tiempo indeterminado, los dos niños deambularon solos por la ciudad desconocida y amenazante, imagino que temiendo haberse perdido para siempre. El maestro los encontró y los reprendió con dureza, y ellos comprendieron súbitamente que su infancia feliz del campo se había acabado. La profesión de maestro, entonces estaba mal remunerada y se decía: <<Pasas más hambre que un maestro de escuela>>, lo que obligó al padre a dar clases particulares y, aun así, a sobrellevar muchas estrecheces. El maestro vivía entregado a sus alumnos (debía de dar muy bien las clase, según cuentan, a la manera del profesor de Corazón, de Edmundo de Amicis), pero en casa se mostraba retraído, constreñido por las dificultades económicas, con acusados escrúpulos de limpieza, que quizá constituían un TOC encubierto. La que salvaba la situación familiar era la madre, que conseguía rescatar la alegría de ese ambiente lúgubre, querer profundamente a sus hijos y preparar unos fabulosos pasteles con ingredientes que parecían surgir de la nada. Cuando Jesús cumplió trece años, la madre murió de forma repentina de un cáncer digestivo, dejando un hogar desolado. Esa muerte, esa temprana pérdida de la ternura, ¿explica la depresión?

                La salida llegó por los estudios. Jesús fue constatando, a veces pasmado, que era mucho más inteligente que sus compañeros. Descubrió que los profesores le preguntaban justo cuando llegaba el inspector a clase, para lucirse ante la autoridad del brillante alumnado que tenían. No bajó del diez hasta llegar al preuniversitario y, en el instituto, se le consideraba una auténtica promesa. Pero el portento cognitivo —la prodigiosa memoria— no lograba esconder graves inseguridades personales, baja autoestima, profunda añoranza de su madre y una lealtad férrea al sombrío ambiente familiar. ¿Fue quizá ese desajuste entre las emociones y su capacidad intelectual, entre sus potencialidades y la lealtad al origen, la causa última de la depresión?

         Estudió Física con brillantez y consiguió una cátedra en la Escuela Normal a los veinticinco años. Conoció a mi madre y decidió dejarse arrebatar por la luz del Mediterráneo y vivir un destino que no tenía marcado ni en el pueblo ni en el modesto piso de Castellón. Nuevamente, ¿quizá hubiera sido mejor seguir el camino trazado, enroscarse en la cotidianeidad? ¿O, por el contrario, como alguna vez escuché, la depresión vino por no soltar amarras, lastre, dejar atrás los secretos familiares, las estrecheces, el apego a la tristeza?

        Podríamos seguir. La depresión pudo venir de una expectativa profesional no cumplida del todo, de las dinámicas destructivas del departamento universitario que dirigía (los departamentos, de todas formas, deberían ser objeto de estudio psicopatológico, dada su explosiva concentración de trepas, envidiosos y narcisistas, muchas veces peligrosamente ociosos), o pudo venir de la relación con mi madre o de tener tres hijos que nunca parecían entender del todo la teoría de la relatividad. Qué sé yo. El caso es que a los cincuenta y tres años empezó a notar que su cerebro estaba bloqueado, su cuerpo inmóvil y que le costaba hasta respirar, ya no digo hablar, dar clase y planificar el curso. Quizá debido al influjo de su vocacional padre no dejó de acudir a la universidad ni un solo día, ni siquiera en la fase más aguda de la enfermedad. Iba desaseado, sonado, al parecer ponía  los alumnos algún vídeo o les musitaba algún concepto físico que expresaba por inercia, rescatado de sus tiempos de niño prodigio en bachillerato. Creo que algún bedel le ayudó en alguna clase, el espectáculo debió de ser penoso. Fue lo que llamamos un triste caso de “presentismo laboral” (acudir al trabajo cuando no se está en condiciones de hacerlo), lo contrario al —más extendido— absentismo.

        Y mi padre se curó, perdonadme, con la paroxetina. El doctor Campoy, de formación psicoanalista, curtido en mil historias sobre la pérdida del instinto vital y el impulso de Tánatos, le puso paroxetina, y al cabo de seis semanas mi padre estaba fuera de ese inmenso pozo de muerte. En los años siguientes, nunca bromeó con quitarse “las pastillita”, no quería asomarse a la posibilidad de volver a caer ahí. Disfrutó de las peripecias vitales que fueron llegando, compró con mi madre una casa en Mallorca, escribió libros, se derritió con los primeros pasos de sus nietos, siguió muy de cerca a su hija Ana, que ya estaba contenta y a veces le rememoraba a su madre, que se había ido tan pronto. Conmigo siempre tuvo una gran complicidad (me llamaba Mo), acaso porque lo cogí de la mano en plena depresión, cuando quería marcharse>>.

Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (pp. 220-225). Debate.

3. El modelo psiquiátrico propuesto por el Dr. Lahera

La reforma psiquiátrica tiene que ser una reforma integradora:

           <<Tenemos pendiente completar la reforma psiquiátrica, pero nunca basada en la negación de la enfermedad mental (la eterna tentación) ni en el bucle melancólico de la antipsiquiatría (consistente en cerrar los manicomios que ya no existen). Una reforma basada en el simple reconocimiento de que coexistir con un trastorno mental dificulta mucho desarrollar un proyecto vital y alcanzar unos niveles mínimos de bienestar y calidad de vida, por lo que son precisos más apoyos. Sería una reforma integradora, que considerase por igual los innegables aspectos biológicos de la enfermedad, los factores culturales y los ambientales y en la que primase el sujeto, con su biografía, sus palabras, su propia voz. ¿Cómo puede colaborar la sociedad para paliar las limitaciones producidas por el trastorno mental grave? Para empezar, proporcionando tratamientos óptimos, integrales, eficientes, con un despliegue de recursos sociocomunitarios que trasladen a la realidad el mensaje de la integración total. Promoviendo la psicoterapia como pilar fundamental de la asistencia. Con equipos multiprofesionales que no operen al límite de sus fuerzas, flirteando siempre con el burnout, con angustiosas y terribles listas de espera, como hasta ahora. Con medios suficientes en las Urgencias y en las unidades de agudos que destierren para siempre las medidas de contención física. Como plantearía John Rawls con su famoso velo de la ignorancia, debemos contemplar el debate acerca de la salud mental considerando que algún día nuestro hijo adolescente puede necesitar una cita urgente con el psiquiatra, que nuestro padre con Alzheimer puede necesitar plaza en una residencia, o que uno mismo puede ser diagnosticado de trastorno bipolar, TOC o depresión mayor. Entonces organizaríamos las cosas de otra forma>>.

        Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (pp. 231 y 232). Debate.

4. Conoce el relato de cada paciente dentro de su entorno social

En los relatos de los diferentes pacientes, el Dr. Lahera nos describe su bestia particular y cómo podríamos empezar a derrotarla:

            <<He aprendido que trabajar con personas que sufren un trastorno mental no implica solo reducir la intensidad de los síntomas a través de los fármacos o la psicoterapia. A menudo eso ayuda mucho. Pero lo más importante es favorecer que el paciente recupere su sentido de agencia —su capacidad para tomar decisiones—, infundirle esperanza y construir con él un relato que dé sentido y propósito a su experiencia, en ocasiones muy dura. Pienso en Julián, el poeta; en Leonor y en su bíblica deriva final; en Kevin, que ha conseguido volver a sus pillerías; en el acumulador José, barroco en su habla e insólitamente promiscuo en su intimidad; en Cecilia y en los surcos de sus lágrimas; en Ahinoa, compañera de generación y víctima de la brutalidad impune; en mi padre, que me enseñó la teoría de la relatividad. Nuestro trabajo es exactamente lo contrario de encerrar al paciente en un sanatorio y tirarle las cartas que escribe a la basura. Es acercarnos a esa persona, leer sus cartas (que siempre están ahí, aunque tenemos que encontrarlas y saber leerlas) y aprender de lo que cuentan. Todo consiste en aproximar dos extremos de una cuerda. Primero tirar del hilo del paciente: tratar los síntomas, construir con él un sentido, dotarle de recursos para su recuperación. Luego, tirar del hilo de la sociedad: acercarse a la vivencia íntima de la enfermedad mental con empatía, comprensión y sensibilidad. Los extremos pueden unirse y conectarse. Entonces, quizá, empezaremos a vernos capaces de derrotar a la bestia>>.

            Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (p. 236). Debate.

Y como despedida, querido lector/a te traigo ese párrafo que me gustaría haber encontrado  hace muchos años, cuando decidí escribir una carta de dos folios, sobre los tres estados conductuales de mi hermana para que el psiquiatra la conociera bien y acertase con su medicación:

<<¿Y qué funciona en el trastorno bipolar, qué puede ayudar al paciente? La mejor respuesta es la que da Kay R. Jamison, experta en la materia y paciente ella misma, en su maravilloso libro Una mente inquieta: la medicación “impide mis seductores pero desastrosos estados maníacos, disminuye mis depresiones y limpia de polvo y paja el desorden de mis pensamientos, […] me mantiene viva y no hospitalizada>>. Pero la psicoterapia <<inefablemente, cura>>, <<logra que la confusión tenga sentido, limita los afectos y los pensamientos aterradores, restituyendo algún control, alguna esperanza, permitiendo aprender de ellos>>. No hay que elegir entre papá y mamá, entre la medicación y la psicoterapia, entre los factores biológicos y los psicosociales; una mirada mínimamente profunda a la enfermedad mental debe incluirlos a ambos, entrelazados>>.

        El anterior párrafo en negrilla sería una maravillosa <<conclusión final>> con la que me identifico plenamente y que mucha gente, como los antivacunas no comparten.

        Lahera, G. (2024): <<Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma>> (pp. 98 y 99). Debate.

Con mucho cariño.

Paulino

 

Vídeo de presentación del libro:

 (Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=diebQGBLZRo

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