“José Abellán (https://www.instagram.com/doctorabellan/) es
cardiólogo y doctor en Medicina por la UCAM, máster en Riesgo Cardiovascular,
en Imagen en Cardiología y en Hemodinámica y Cardiología intervencionista y
cardiólogo clínico en el Hospital General Universitario Santa Lucía de
Cartagena. Además dirige varios centros de rehabilitación cardíaca en los que
especialistas en cardiología, nutrición, psicología, entrenamiento funcional y
de alta intensidad trabajan conjuntamente para ofrecer un apoyo
multidisciplinario a pacientes que han sufrido algún tipo de problema
cardiovascular”
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (solapa
interior de la portada). Grijalbo.
Antes de que el doctor José Abellán
nos descubra los cuatro pilares de la salud al final de este artículo, vamos a medir el pulso de su libro
con seis preguntas muy interesantes:
1. ¿Es realmente tu genética o tu ADN
la causa principal de tus enfermedades?
2. ¿Conoces las placas de ateroma o
aterosclerosis?
3. ¿Cómo se forman las placas de
ateroma o ateroesclerosis?
4. ¿Qué es el material particulado?
5. ¿A qué se refiere con eso de “Conecta”?
6. ¿Qué pretende conseguir con este
libro, doctor? —le preguntamos.
1. ¿Es realmente tu genética o tu ADN la
causa principal de tus enfermedades?
En el primer capítulo bajo el título: “Conoce tu cuerpo. Genética versus realidad:
las tristes consecuencias de nuestra desadaptación al ambiente” nuestro
cardiólogo, Abellán, nos responde a este dilema:
“…, puedes fijarte en lo que hemos
aprendido de las poblaciones de cazadores-recolectores que mantienen su forma
de vida ancestral en la actualidad, es decir que viven principalmente de los
frutos que recogen y de la carne que cazan. Una de estas poblaciones fue
protagonista de uno de los estudios cardiovasculares más curiosos y
sorprendentes realizados hasta la fecha. Son los t´simanes, un pueblo
originario de la Amazonia boliviana. En este estudio, un grupo de
investigadores occidentales visitaron ochenta y cinco aldeas t´simanes para
analizar su salud de más de setecientos adultos entre cuarenta y noventa años
de edad. Les realizaron un examen físico, un electrocardiograma, una analítica
e incluso un escáner de las arterias coronarias, las del corazón. Los
resultados fueron muy reveladores. Prácticamente ninguno de los más de
setecientos adultos analizados tenía hipertensión, colesterol alto, diabetes ni
obesidad. Además, la calcificación de las arterias coronarias era como la de la
población media occidental… veinte o treinta años más joven. No sabían lo que
era un infarto de corazón.
¿Son los t´simanes genéticamente
superiores a las poblaciones occidentales? ¿Están protegidos frene a la
enfermedad? La respuesta a las dos preguntas es no: su cuerpo es muy parecido
al tuyo y no gozan de ninguna protección especial. Pero sí que hay algo que
hacen de forma muy distinta a ti: su estilo de vida es radicalmente opuesto al
tuyo. Y es muy posible que ahí radique el problema de las sociedades
occidentales. Mientras que cada día los t´simanes recorren kilómetros y
kilómetros para conseguir la comida, tú la sacas de la nevera. Mientras que
ellos necesitan realizar un esfuerzo físico para cazar, tu descansas en el sofá
viendo alguna serie de Netflix. Mientras que ellos duermen al caer la noche, tú
aguantas pegado a alguna pantalla.
Y es que si tus genes son la base, los
cimientos de todo tu cuerpo, tu estilo de vida es el modo en el que se
comunican con el ambiente, permitiéndote respirar, latir y existir. Y
precisamente por eso sabemos que tus hábitos influyen en tu salud mucho más que
tu genética, porque tus hábitos son las ruedas que permiten rodar a tu ADN. Tu
estilo de vida puede incluso modificar la expresión de tus genes para bien… o
para mal. Cuando calculamos el peso de cada factor, la genética puede
determinar una enfermedad en aproximadamente un 25 por ciento, mientras que tu
estilo de vida lo hace en un 75 por ciento. En la mayoría de las ocasiones,
creer que enfermedades como la hipertensión o un posible infarto es lo que “te
toca por herencia” es negar la realidad.
Abre los ojos. En la actualidad, lo que nos está matando lentamente es la
discordancia que hay entre lo que le damos a nuestro cuerpo y lo que nuestro
cuerpo nos pide”.
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (pp. 40 y
41). Grijalbo.
2. ¿Conoces las placas de ateroma o
aterosclerosis?
Pues son, nada más ni nada menos, que
el origen de la enfermedad cardiovascular, una especie de endurecimientos que
se forman en la pared de las arterias provocando obstrucciones o trombos en las
mismas.
El doctor Abellán nos cuenta el origen
de la enfermedad del corazón en el capítulo 2 titulado “El cuerpo humano es un todo. El corazón es el motor del cuerpo, y el
sistema cardiovascular, el mecanismo de comunicación entre sus partes”:
“Qué es exactamente la enfermedad
cardiovascular?
A mediados del siglo XX, cuando la
enfermedad cardiovascular empezaba a coger los tintes de una epidemia, la
comunidad médica intentó entender qué ocurría con el fin de buscar una solución
eficaz. En aquel momento, lo que sabíamos era que aquellos que enfermaban
sufrían episodios de dolor torácico brusco que, o bien provocaban la muerte
temprana, o bien tras la recuperación, dejaban al paciente con ese dolor de
pecho crónico ( lo que se llamó angina de pecho) o con signos y síntomas
secundarios que evidenciaban que el corazón estaba debilitado, como cansancio,
falta de aire o hinchazón de piernas. Además de estos síntomas, cada vez era
más frecuente que ingresaran personas por infarto cerebral, por insuficiencia
renal y por síntomas sugestivos de enfermedad arterial periférica,
principalmente en las piernas. ¿Qué ocurría?
Las primeras pistas las dieron las
autopsias de los pacientes fallecidos, y los investigadores se dieron cuenta de
un detalle curioso: en la mayor parte de
las muertes de origen cardiaco se encontraron obstrucciones o trombos en las
arterias del corazón. Sobre ellas, en la pared de las arterias, siempre
había lo que más tarde se llamarían placas de ateroma o aterosclerosis, que son
una especie de endurecimientos. Además las personas que morían por otra causa
que aparentemente no tenía nada que ver con el corazón, como un accidente
cerebrovascular o una enfermedad renal, también solían tener placas en las
arterias del corazón. ¿Eso tenía sentido? Sí, y lo sigue teniendo.
Si hay placas en la pared de las
arterias, el flujo sanguíneo hacia un territorio se compromete, lo que
perjudica el funcionamiento de ese órgano. Además de dificultar el flujo de
manera crónica, en algunos casos parecía que estas placas podían romperse y
provocar la formación de un trombo que dejara al órgano diana directamente sin
flujo”.
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (pp. 57 y
58). Grijalbo.
3. ¿Cómo se forman las placas de ateroma
o ateroesclerosis?
En el apartado del capítulo 2 “Del colesterol a la inflamación: la teoría
inflamatoria” Abellán nos explica cómo se forman las famosas placas de
ateroma y que no sólo podemos pensar en el equilibrio entre el colesterol bueno o malo.
“En los últimos años se está empezando
a reconocer que la teoría lipídica (del colesterol) no pueden explicar todo el
proceso aterosclerótico. Varias investigaciones muestran que hay una
protagonista a la que no se ha dado la suficiente importancia: la inflamación.
[…]
Y es que tus arterias también pueden
sufrir agresiones, como tu piel. Algunos virus o bacterias, o micronutrientes,
lesionan su pared. Esto ocurre a diario y no tiene mayor importancia precisamente porque tu cuerpo está
perfectamente preparado para afrontarlo mediante un estímulo inflamatorio.
Funciona del siguiente modo: ante una agresión a tus arterias, las células de
su pared ceden, como si fueran los ladrillos de un edificio en llamas. Esto es
un estímulo inflamatorio que alerta a los macrófagos, tus células de defensa
natural que, como los vigilantes de seguridad de nuestro edificio, lo primero
que hacen es avisar y pedir ayuda. Entonces, los macrófagos producen y liberan
algunas proteínas inflamatorias, denominadas citocinas, que funcionan como
marcadores y señalizadores. Las citocinas son como llamadas de radio para poner
en alerta a los bomberos de la ciudad (o, en este caso, de tu cuerpo).
Así, las citocinas son capaces de
activar más células locales, que, en respuesta, expresan más proteínas
inflamatorias que sirven de reclamo para que otras células del sistema
inmunológico ayuden a reparar el daño. Serían como bengalas para que los
bomberos sepan dónde han de actuar. Así, diversas células del sistema
inmunitario, como los neutrófilos, se acercan y ayudan a reparar la herida en
la pared de la arteria, como lo harían los bomberos con sus tanques de agua.
En circunstancias normales, este
proceso se detiene cuando la herida se limpia y el daño queda reparado. Sin
embargo, un desequilibrio hacia un estado proinflamatorio podría provocar que,
ante un daño en la pared vascular, ante un fuego, se dificultara el proceso
reparador, porque se potenciara la inflamación. Sería como si llegaran
tantísimos camiones de bomberos al incendio que, si bien apagarían el fuego,
destr4ozarían el edificio por la exagerada potencia de las excesivas mangueras
de agua a presión. Es así como se crean las placas de ateroma, que en cierto
modo podemos ver como cicatrices exageradas ante una agresión. Sucede de esta forma:
cuando existe un desequilibrio proinflamatorio, se promueve y perpetúa la
formación de placas de colesterol en el lugar de estas pequeñas lesiones en las
arterias, y la severi9dad de las placas empeora progresivamente. Este es el
verdadero origen de la enfermedad ateroesclerótica cardiovascular.
Y es que un mal estilo de vida produce
un aumento de la inflamación sistémica. En particular, promueve un estado
conocido como inflamación crónica de bajo grado. Los resultados de todos los
estudios que lo han investigado han ido en la misma dirección: la inflamación crónica de bajo grado
aumenta el riesgo de sufrir placas de ateroma, un evento cardiovascular y
muerte prematura”.
Abellán, J. (2024): “Lo que tu corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con una salud de hierro” (pp. 68-72). Grijalbo.
4. ¿Qué es el material particulado?
Dentro del capítulo “Conecta con la naturaleza, La relación entre
la calidad del aire y la salud cardiovascular es mucho más estrecha de lo que
crees” el doctor Abellán nos explica la influencia directa del material
particulado sobre nuestra salud cardiovascular:
“Cuando a nivel global analizamos los
determinantes de salud o factores de riesgo más importantes del mundo, te
parecerá normal que en primer lugar esté la hipertensión y, en segundo lugar el
tabaco. Pero quizá te sorprenda conocer que en tercer lugar está la
contaminación…, por encima de la diabetes, la obesidad y el sedentarismo.
Incluso por encima de las drogas. Por cierto, la elevación aislada de
colesterol no HDL, como factor de riesgo, se posiciona muy detrás de todos
ello.
[…]
¿Qué es exactamente el material particulado? En realidad,
son diminutos corpúsculos sólidos o líquidos que se producen de manera natural
o a causa de la acción humana y que, debido a su pequeño tamaño, tardan mucho
tiempo en depositarse en el suelo, por lo que permanecen en suspensión en el
aire. No son homogéneos; se trata de un conjunto de sustancias muy diverso.
Azufre, nitrógeno, hidrocarburos, aluminio, arsénico, cadmio y níquel son
algunos de sus componentes más frecuentes. Pueden ser resultado de la actividad
volcánica, la germinación de plantas o el polen, pero sobre todo se producen
por efecto de los combustibles fósiles, por los motores, los neumáticos y
frenos de los coches, la actividad industrial, la minería, la ganadería, la
agricultura, el propio polvo de las carreteras…Como verás, son el resultado de
la urbanización que conlleva la actividad humana; no se producen solo en
grandes polígonos industriales.
Clasificamos el material particulado
según su tamaño: en menores de 10 micras
de diámetro y en menores de 2,5. En general, las de origen natural
suelen ser más grandes y las de origen humano, más pequeñas. Esto importa
precisamente porque el problema del material particulado es que resulta muy
perjudicial para la salud, especialmente el de menor tamaño (<2,5 micras).
El material particulado penetra por tus vías respiratorias y llega a tus
pulmones. Esto ya produce daño a nivel pulmonar y fuerza una disfunción del
sistema respiratorio que acarrea una disfunción del corazón, pero es que además
se ha relacionado con un aumento de patologías infecciosas e inmunológicas
respiratorias como la neumonía, el asma, la enfermedad pulmonar obstructiva
crónica e incluso con tumores y mortalidad prematura. Además, el material
particulado menor de 2,5 micras es capaz de atravesar la barrera alveolocapilar
de tus pulmones y llegar hasta tu circulación, con lo que alcanza todas las
partes de tu cuerpo. También bebemos el material particulado, pues podemos
encontrarlo en el agua, y, como en el caso de la vía respiratoria, el más
pequeño puede atravesar la barrera digestiva y alcanzar el torrente
circulatorio.
[…]
El humo del tabaco es material
particulado de 1 a 0,01 micras. El polvo del carbón también sería parte de él,
porque tiene menos de 10 micras.
[…]
Yo opino que nuestro desconocimiento hacia lo perjudicial que es la contaminación es
el gran hándicap para luchar contra ella”
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (pp. 280,
282, 283 y 287) Grijalbo.
5. ¿A qué se refiere con eso de “Conecta”?
Del cuarto pilar de nuestra salud “Conecta” el doctor habla de varias
conexiones, y entre ellas, yo os traigo una historia personal o caso clínico
relacionado con el centro de rehabilitación y fortalecimiento cardiovascular
que el doctor Abellán abrió en Ciudad Real en diciembre de 2019:
“Hay otro caso, el de David, que, a
pesar de las aparentes diferencias, tiene mucho en común con el de Adelaida.
Cuando llegó a nuestro centro, David estaba muy mal. Tenía unos setenta años
pero aparentaba ser mucho mayor. Su historial de enfermedad cardiovascular era
largo, con varios infartos e ictus. Su familia estaba muy pendiente de él,
estaba muy bien cuidado, pero David sorprendía porque, a pesar de recibir tanto
cariño, era una persona muy huraña y arisca; parecía que tenía pocas ganas de
vivir. Aunque su familia se preocupaba mucho por él, no tenía amigos. Iba en
silla de ruedas porque debido al ictus no podía mover la mitad izquierda del
cuerpo y tenía una úlcera en el pie izquierdo por su diabetes. Su familia lo llevó
a mi centro de rehabilitación cardíaca porque había oído que allí hacíamos algo
distinto. Aquel día, su hija nos dijo: “Os traigo a mi padre, a ver si le
podéis ayudar a que haga ejercicio”. Nosotros le explicamos que allí hacíamos
algo más que eso, pero que sí, que nos comprometíamos a intentarlo, aunque
David nos supusiera todo un reto.
Comenzamos a entrenar con David y,
claro, lo juntamos con otros cuantos compañeros, porque en el centro entrenamos
en grupos pequeños de tres o cuatro persona. Como David iba en silla de ruedas,
hacía ejercicio de hemicuerpo superior y tratamos de que paulatinamente pudiera
ir apoyando un poco los pies. Y entonces empezaron a pasar cosas maravillosas.
La primera fue que David, que desde el ictus “no se podía mover”, empezó a a
hacer sentadillas con las dos piernas, a subir y bajar de los cajones, y a
llevar pesas con las dos manos y las dos piernas. ¡Casi saltaba! Nos dimos
cuenta de que a él lo que le había inmovilizado no era solo el ictus, sino
también la creencia de que era una persona enferma, que no podía moverse, y eso
había generado mucha atrofia y limitación que el propio infarto cerebral.
Y la segunda cosa maravillosa que
ocurrió fue que David, que solía ser una persona huraña, desconfiada y siempre
malhumorada, comenzó a compartir su día a día, sus risas y algún que otro
sufrimiento con sus compañeros de entreno, y así sus nuevos amigos lo animaban
a cada paso que daba. Las directrices que le enseñamos en cuanto a alimentación
y ejercicio le cambiaron la vida, sí, pero esta principalmente le cambió porque
hizo amigos”.
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (pp. 254 y
255) Grijalbo.
6. ¿Qué pretende conseguir con este
libro, doctor? —le preguntamos.
Y nos responde:
“Espero que hayas podido sacar un
aprendizaje útil de estas páginas. Te aseguro que si has aprendido algo, por
pequeño que sea, pero que te haya hecho reflexionar o haya cambiado algún
aspecto de tu día a día y, por ende, mejorado tu salud, yo me doy por muy
satisfecho. Y es que mi intención con este libro ha sido precisamente enseñarte
cuáles son, desde el punto de vista científico (y, desde luego, desde mi
perspectiva personal), los pilares de la salud. Mostrarte qué puedes hacer por
ti para optimizarte, para vivir mejor y aumentar tu esperanza de vida y de
salud. Por supuesto, siempre he priorizado explicarte el porqué de mis
afirmaciones. No he pretendido decirte simplemente qué hábitos son adecuados y
cuáles perjudiciales. He querido que les des sentido, porque pienso que es la
mejor manera de que lo integres todo, para que así envejezcas sano y fuerte y
disminuyas al máximo la probabilidad de tener que pasar algún día por mis manos
o las de algún compañero. Que oye, a mi me encanta mi trabajo, pero entiendo
que no es plan.
Así, solo me queda decirte que te
deseo de corazón, y por tu corazón, que
te alimentes (1), que te muevas (2), que te sincronices (3) y, sobre todo, que
conectes (4). Que así se vive mejor (y más).
Palabra de cardiólogo”.
Abellán, J. (2024): “Lo que tu
corazón espera de ti. Descubre los cuatro pilares para vivir en plena forma con
una salud de hierro” (pp. 299 y
300) Grijalbo.
Un saludo muy afectuoso.
Paulino.
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